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LOS DILEMAS DE CHINA

  • hace 2 horas
  • 7 Min. de lectura

Justo cuando China encaminaba un reajuste de las relaciones con EEUU, Trump lanzó su guerra contra Irán y puso a la economía global al borde de un caos que afecta directamente intereses de Beijing y condiciona la estrategia de largo plazo de la potencia asiática. 


El mundo quedó absorbido durante 40 días por EEUU y su guerra contra Irán en alianza con Israel, pero la otra gran potencia económica y militar del Siglo XXI, la China liderada por Xi Jinping, se ha visto alcanzada por la onda expansiva del conflicto.


Apenas estalló la guerra, China reivindicó su amistad con Irán (socio en los BRICS), su defensa de la soberanía, seguridad, integridad territorial y dignidad nacional”. Con ánimo diplomático, Beijing pidió el “cese inmediato” de hostilidades pero vaticinó con acierto: el conflicto se extendería al resto de Medio Oriente.


Para China pareció otra oportunidad ofrecida por la Administración Trump -como en los casos de Venezuela o de Groenlandia- de mostrarse como su antítesis: un verdadero garante del derecho internacional, la estabilidad y la seguridad mundial. 


Pero al final Beijing se vio arrastrado a intervenir, por interés propio, en los juegos diplomáticos a varias bandas que han buscado devolver la paz a la región y, específicamente, reabrir el Estrecho de Ormuz.


Al final, llegó un cese del fuego, al día siguiente de que los bombardeos estadounidenses e israelíes alcanzaran una vía ferroviaria clave de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) que une Irán con China, que aceleró una salida negociada.


“Dos miembros de la Ruta de la Seda (Irán y Pakistán) negocian con EEUU. Resultado: Ormuz reabierto por dos semanas con peaje de Irán. El corredor ferroviario Irán-China, sin ataques. Tres actores en la mesa. China ausente… y sin embargo, deja expuesta la debilidad de EEUU”, comentó Bernabé Malacalza.


Las relaciones bilaterales EEUU-China, claro, también se vieron alteradas, al punto de ceder Beijing al pedido del presidente Donald Trump de postergar para abril la esperada cumbre con Xi Jinping en la que las dos grandes potencias esperan resetear sus relaciones bilaterales tras un año de guerra, pero comercial. 


Pero el dilema de fondo que le plantea a China el conflicto de Medio Oriente es: 


a) si abraza el lema -como tituló The Economist- “Nunca interrumpas a un enemigo mientras se está equivocando”; o b) si prefiere un EEUU más previsible, que le permita a China desplegar su estrategia a largo plazo de imponerse como potencia en un contexto ordenado y no caótico.


Significativamente, la amenaza de una conflagración total en Medio Oriente, con el riesgo de extenderse hasta convertirse en una III Guerra Mundial, llegó cuando los máximos estamentos políticos y técnicos chinos aprobaban sus planes para recalibrar su crecimiento en el lustro 2026-2030.


El impacto



La guerra de EEUU e Irán contra Irán, cuyas instalaciones energéticas sufrieron severos daños al igual que las del resto del Golfo Pérsico por sus réplicas con misiles y drones, amenazó inevitablemente también el suministro energético de China: es el mayor importador mundial de petróleo: 44% proviene de Medio Oriente y el 14%, de yacimientos y refinerías iraníes.


Como al resto de países de Asia, algunos a punto de quedarse sin combustible en abril, el cierre del Estrecho de Ormuz, por donde se comercian habitualmente el 20% del crudo y el 20% del Gas Natural Licuado (GNL), puso en alerta a Beijing, aunque tiene reservas propias para varios meses, las mayores del mundo.


China posee reservas estratégicas y comerciales de entre 1.300 y 1.400 millones de barriles (cubren cuatro meses de importaciones), pero de todos modos incrementó como otros países afectados las compras a Rusia, uno de los grandes ganadores del conflicto a corto plazo.


“La conmoción energética provocada por la guerra en Medio Oriente tomó por sorpresa a China, el principal comprador de petróleo del mundo. Pero Beijing lleva años preparándose para una crisis como ésta”, explicó el New York Times.


El acuerdo de cooperación bilateral con Irán de 2021 por 25 años aseguró a China unos 400 mil millones de dólares en petróleo a precios inferiores a los del mercado, a cambio de inversiones en infraestructura y cooperación en seguridad con Irán. Para finales de 2025, China importaba hasta 1,4 millones de barriles de crudo iraní por día, 13% de sus importaciones totales y 80-90% de las exportaciones iraníes.


Hasta el cese del fuego del 7 de abril, los precios de la gasolina en China subieron 10%, contra 25% en EEUU. Pero si la guerra se prolongaba, el bloqueo o la falta de oferta amenazaría directamente la seguridad energética china y el crecimiento económico, de por sí moderado a 4-5%, respecto de las tasas del 10% de inicio del siglo.


La economía orientada a la exportación de China depende del buen funcionamiento del comercio global. Las exportaciones representan 20% de su PIB, y casi todas se mueven por vía marítima. Los desvíos y aumentos de seguros subirían los costos, y la energía más cara reduciría mercados claves para los productos chinos.


Beijing lleva sus relaciones internacionales con códigos comerciales, no ideológicos, ve clientes y proveedores: su estrategia es material, transaccional y centrada en preservar el status quo más que en expandir e imponer un decálogo civilizatorio.


Por eso mismo, el gobierno chino desempeñó en su momento el papel de pacificador en Medio Oriente. En 2023, negoció un acuerdo entre Arabia Saudita e Irán, acérrimos enemigos que acordaron restablecer las relaciones diplomáticas. En 2024, Beijing fue anfitrión de los líderes de 14 facciones palestinas, incluidas Fatah y Hamás, que acordaron entonces un gobierno de unidad nacional para Cisjordania y Gaza.


“La búsqueda de autonomía estratégica de China todavía depende de un sistema global que permanezca abierto y predecible. Para Beijing, la autonomía estratégica no significa autarquía, sino la capacidad de operar dentro de ese sistema en términos favorables a través de la acumulación constante de fuerza económica”, escribió Foreign Affairs. 


Respuesta Quinquenal



Según ese mismo análisis, “China se ha estado preparando para un mundo más turbulento [...]. Su impulso hacia la autosuficiencia tiene como objetivo reducir la vulnerabilidad, no hacer de China un ganador relativo en un mundo inestable”.


Consciente de la posibilidad cierta de una desaceleración económica global, China ha establecido su objetivo de crecimiento del PIB “de alta calidad” pero también más bajo en décadas -de 4,5% a 5%- durante sus “Dos Sesiones” anuales (Asamblea Popular Nacional y la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino), que aprobaron el XV Plan Quinquenal (2026-2030), publicado por DanDai


Según un informe detallado del economista italiano Alessandro Scassellati, China se impuso aún en guerra una estrategia económica que se aleja del crecimiento impulsado por las exportaciones y más resistente a los shocks externos como el actual del petróleo, y asumiendo desafíos internos de bajo consumo y alta deuda en un contexto comercial global mucho más complicado. 


El XV Plan Quinquenal considera promover el consumo y fortalecer la innovación en el próximo lustro, y enumera más de 100 proyectos importantes para expandir la capacidad industrial de China, con el compromiso aumentar cada año el gasto nacional en I+D al menos un 7%): computación cuántica, la biofabricación, el hidrógeno y la energía de fusión, las interfaces cerebro-computadora, los robots industriales, la industria farmacéutica, la inteligencia artificial y las redes móviles 6G. 


“Los objetivos establecidos en el plan son como luces intermitentes gigantes que guían a burócratas centrales, funcionarios locales y empresas nacionales y multinacionales sobre las prioridades del país para los próximos cinco años. Los responsables políticos deberán desarrollar políticas más específicas para lograr estos objetivos, y las empresas deberán alinear sus estrategias”, explica.


Beijing, dice Scassellati, se centra en reducir la dependencia militar, industrial y económica de China respecto a EEUU y otros países occidentales en el futuro. Considera cada vez más urgente alcanzar la autosuficiencia (especialmente en chips semiconductores avanzados, motores de aeronaves y aviación). 


Los líderes de China, que esperan a Trump en abril, creen que Washington seguirá intentando limitar su desarrollo tecnológico, y redoblan los esfuerzos para lograr la autosuficiencia energética, tecnológica, productiva y alimentaria. “En medio de una feroz competencia internacional, debemos ganar la iniciativa estratégica», afirma el plan quinquenal.


China invierte 20 puntos porcentuales del PIB más que el promedio mundial, mientras que sus hogares gastan unos 20 puntos menos: un modelo de desarrollo controlado por el Estado e impulsado por la deuda que, según algunos analistas, genera sobrecapacidad industrial y alimenta las tensiones comerciales en el exterior y las presiones deflacionarias en el país. De ahí que se impulse la demanda interna.


Mano a mano



Xi aceptó en plena guerra el pedido que le hizo Trump de postergar “por cinco o seis semanas” la cumbre que tenían previsto para los finales de marzo, y durante la cual se acumulaban en la agenda temas sensibles como las tarifas, el comercio de tierras raras o el intercambio de tecnología de alta sensibilidad económica y militar.


Visto desde EEUU, Beijing quiere revisar el equilibrio regional en Asia, debilitar las alianzas estadounidenses, absorber Taiwán y recortar la influencia estadounidense. 


Pero sus métodos son progresivos y asimétricos: política industrial, acceso al mercado como palanca, operaciones de influencia política, tácticas de "zona gris" (invasión marítima y ciberespionaje) y la montar lentamente un sistema financiero paralelo al dólar. “Beijing busca acumular ventajas sin detonar el sistema”.


Xi todavía tiene razones para buscar una buena relación de trabajo con Trump, según esos analistas estadounidenses. Pero así como China se beneficia de una relación limitada con EEUU que siga centrada en un comercio predecible y rentable, un EEUU proteccionista, de aventurismo militar e improvisación estratégica no es un favor. Beijing quiere una competencia “inteligible”.


La guerra en Irán obligó a Trump a posponer la cumbre y, del mismo modo, cuanto más hubiera durado  más difícil hubiera sido para Beijing estabilizar las relaciones con Washington y dar forma a los términos de la competencia en el futuro.


Los aranceles estadounidenses disminuyeron significativamente el atractivo de los productos chinos en EEUU al aumentar su costo, lo que agravó la desaceleración del crecimiento chino, argumenta George Friedman


El resultado: problemas económicos significativos en China, con tasas de crecimiento disminuidas, quiebras bancarias, caídas en su mercado inmobiliario (una forma de ahorro en China) y una tasa de desempleo creciente, particularmente entre los jóvenes.


“El objetivo general del liderazgo chino sigue siendo el mismo: equilibrar los riesgos a corto plazo, incluidos los shocks energéticos, las interrupciones comerciales y la volatilidad del mercado, con su objetivo a largo plazo de autonomía estratégica y relaciones estables con Washington”. 


Finalmente, para tomar nota: en el ámbito académico chino existen tres grandes corrientes, según describe  Nadège Rolland en Le Grand Continent. En primer lugar, los que podríamos llamar “continuistas prudentes”, que defienden la paciencia estratégica heredada de Deng Xiaoping (“ocultar capacidades y ganar tiempo”). 


En segundo lugar, los “realistas asertivos”, que consideran que el poder económico debe traducirse en mayor capacidad de disuasión. Por último, los “universalistas alternativos”, que proponen redefinir el orden internacional mediante conceptos culturales propios como Tianxia.

 
 

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