“Los gigantes tech deben compartir ganancias”, por Gene Sperling
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La maquinaria de las grandes empresas de Inteligencia Artificial (IA) oscila entre dos temas. Desde hace tiempo, decenas de millones de familias solo han escuchado el viejo éxito del grupo REM cantando "It's the End of the World as We Know It" (Es el final del mundo como lo conocimos).
Ante los abucheos a los oradores de las ceremonias de graduación que elogiaban la IA y las encuestas que muestran un temor abrumador a su impacto, algunos líderes tecnológicos, insensibles a la realidad, parecen creer que pueden mitigar el rechazo minimizando el potencial de pérdidas masivas de empleo, como si se tratara de la canción "Don't Worry, Be Happy" (No te hagas problemas, sé feliz) de Bobby McFerrin.
Ninguna de las dos canciones refleja la realidad.
Los entusiastas de la IA deben abandonar la ilusión de que si las familias trabajadoras comprendieran las mejoras en la productividad, las comodidades para el consumidor y los posibles avances médicos que la tecnología puede traer, superarían su miedo a perder su nivel de vida, su trabajo gratificante y sus esperanzas para el futuro económico de sus hijos. No lo harán.
Los gigantes tecnológicos también deben dejar de considerar que el miedo a la pérdida de empleos solo es perjudicial en la medida en que desencadena una reacción regulatoria adversa. En cambio, deberían tomar en serio la oposición legítima a las políticas económicas o las tendencias tecnológicas que amenazan con reducir -en lugar de elevar- la dignidad de los trabajadores.
No somos una nación “del pueblo, por el pueblo, pero para un crecimiento masivo y acelerado de la productividad de la IA, sin importar su impacto”.
Si los gigantes de la IA tienen alguna esperanza de mitigar la reacción negativa, deben asumir urgentemente que el único objetivo legítimo de cualquier democracia es el grado en que eleva la dignidad económica de su pueblo.
El momento decisivo para la tecnología y las empresas podría no llegar hasta que veamos pruebas más contundentes de la pérdida de empleos provocada por la IA.
¿Los líderes tecnológicos que ahora expresan su apoyo a un impuesto simbólico o a la contribución obligatoria de participaciones accionariales en empresas de IA seguirán comprometidos con alguna forma de redistribución o se negarán a compartir sus fortunas?
¿Aceptarán compartir los beneficios de la IA con los trabajadores mediante salarios más altos y jornadas laborales más cortas o —como he argumentado en otras ocasiones— mediante una fuente de ingresos específica para crear millones de empleos dignos?
Lo que no debemos hacer es esperar a que ocurra lo peor antes de orientar las políticas corporativas y públicas sobre la IA hacia una dirección que beneficie a los trabajadores.
Si los optimistas confían tanto en que la IA generará nuevos empleos, deberían empezar por demostrarlo en sus propias empresas. ¿Por qué no hacer compromisos corporativos y apoyar políticas públicas que promuevan la reconversión profesional y la reubicación de los trabajadores cuando la adopción de la IA provoque desplazamientos laborales?
No hace tantos años, gigantes corporativos como AT&T y JPMorgan ofrecían públicamente a muchos de sus trabajadores alternativas a la reubicación laboral en lugar del despido. Jacob Leibenluft, del Washington Center for Equitable Growth, documenta cómo, tras la II Guerra Mundial, los principales directores ejecutivos colaboraron con los sindicatos en la creación de «fondos de automatización» para mitigar la pérdida de empleos.
Solo las políticas públicas impulsarán el desarrollo de la IA en beneficio de las personas. Sin embargo, que los líderes empresariales exijan compromisos con una IA que favorezca a los trabajadores sería un cambio positivo frente a la actual competencia, similar a la de “Los Juegos del Hambre”, por ver quién puede impresionar más a los inversores con la severidad de los anuncios de despidos provocados por la IA.
Los líderes empresariales estadounidenses podrían comenzar apoyando un crédito fiscal para la reubicación laboral que incentive a las empresas a optar por programas de aprendizaje, desarrollo de habilidades y formación en el puesto de trabajo en lugar de despidos.
Singapur ya está estudiando esta posibilidad. Ese fondo para la reubicación laboral sería financiado por las empresas, ya sea mediante un recargo en el impuesto de sociedades, la eliminación de la deducción total de gastos por inversión en automatización, un impuesto sobre la IA o una combinación de las opciones anteriores.
Las grandes empresas pagarían impuestos más altos para crear un incentivo que, a su vez, reduciría los impuestos solo para aquellas que optaran por liderar la reubicación, la ampliación de plantilla o el trabajo compartido con salarios más altos.
El principal peligro de este crédito fiscal es la denominada “pérdida de eficiencia”: pagar a las empresas por acciones que habrían emprendido de todos modos. Para combatir este riesgo, el crédito debería comenzar con un proceso de solicitud competitivo revisado por los ministerios de Hacienda, Comercio y Trabajo.
Este crédito fiscal podría cubrir hasta el 75% de los costos de aprendizaje o capacitación para nuevos empleos y hasta el 50% de los salarios del primer año. El crédito incluiría mecanismos de recuperación para quienes incumplan sus compromisos en favor de los trabajadores. Se daría prioridad a los empleadores que solicitaran el crédito conjuntamente con sus trabajadores.
¿Sería un proceso desordenado e imperfecto? Sí. Pero si realmente queremos impulsar una reforma fiscal más estructural y favorable a los trabajadores en la era de la IA, es mejor empezar a solucionar los problemas ahora.
¿Sería suficiente? No. Pero sería un primer paso para asegurar que la IA se estructure para mejorar la dignidad, la seguridad económica y las oportunidades laborales de la mayoría, y no sólo para proporcionar una bonanza financiera a unos pocos.
El autor ha integrado el Consejo Nacional Económico de EEUU y es director ejecutivo del Economic Dignity Lab en la Universidad de Georgetown.
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