POR QUÉ ESTE MUNDO FAVORECE AL COVID-19

Las pandemias han acompañado el proceso de internacionalización de la economía desde hace siglos, pero el COVID-19 irrumpe en condiciones inéditas de población, urbanización y riesgo ambiental global que combinadas con una crisis de deuda y el sistema multilateral debilitado pueden conllevar consecuencias sin precedentes.


A tres meses del comienzo del brote del COVID-19, el mundo ha cambiado drásticamente. Muchas miradas han puesto el foco en la crisis global desatada por la pandemia, en términos de gobernabilidad. Sin embargo, esta pandemia pasará a la historia, también, por las inéditas condiciones en el que el virus se expandió.


El futuro es incierto y los factores en juego se pueden combinar de distinta manera, pero dependerá de la capacidad de liderazgo de las instituciones de la gobernanza global mitigar la pandemia, reactivar la economía y aprovechar la oportunidad para darle una dirección más sustentable y equitativa al desarrollo en el siglo XXI.



. Población y urbes récord

En primer lugar, un virus necesita de un portador. El coronavirus llegó a un mundo poblado y urbanizado como nunca. El crecimiento demográfico en varias partes del globo sigue siendo bastante pronunciado: la población mundial aumentará en 2000 millones de personas para 2050. Solo nueve países representarán más de la mitad de ese crecimiento proyectado (ONU): India, Nigeria, Pakistán, República Democrática del Congo, Etiopía, Tanzania, Indonesia, Egipto y Estados Unidos.


A su vez, el planeta concentra cada vez más población en más ciudades y más grandes. El 55 por ciento de la población mundial vive en zonas urbanas, una proporción que llegará a 68 por ciento para el año 2050, según estima la ONU.


Desde urbanización planificada del Sudeste Asiático a las megalópolis del África Subsahariana, pasando por los todavía crecientes conurbanos de las economías desarrolladas, cada año el mundo adopta más las lógicas urbanas. En el siglo XXI las ciudades siguen traccionando población en busca de mejor calidad de vida y acceso a recursos. Sólo Argentina tiene el 90% de su población viviendo en ciudades, pero el 80% se concentra en sólo el 2% de las urbes. Mientras tanto, se contabilizan 2 mil municipios con menos de mil ciudadanos.


Precisamente, ese peso de las ciudades en el plano económico refleja una economía mundial que ya no depende sólo de países o regiones sino que pasa crecientemente por las ciudades, en empleo, negocios y actividad económica. Y eso también tiene sus correlatos políticos, sea en la paradiplomacia de las principales capitales del mundo o en duplas de “ciudades hermanas” que estrechan lazos de cooperación en ciencia, finanzas y servicios.


El curso de esta pandemia está poniendo en evidencia que las actuales sociedades, tan urbanizadas, necesitan redes de protección para hacer frente a una hiperglobalización que las deja expuestas, para soportar sus embates y para responder con eficacia. En ese contexto, las grandes ciudades están siendo para los dirigentes políticos el mayor desafío de administración -y salud- pública.


. Alta circulación

Un virus también se esparce mejor con alta circulación. Esa población mundial, numerosa y urbanizada a niveles inéditos, en 2020 es capaz de desplazarse en grandes contingentes y rápidamente a través de largas distancias.


Por un lado, el turismo internacional está en un récord histórico, con 1.400 millones de viajeros en 2018 y creciendo a un ritmo del 6 por ciento anual. ¿Y cuáles son los cinco países con más arribos de turistas internacionales? Francia, España, Estados Unidos, China e Italia, los mismos países que lideran en número de contagios.


Por el otro, las migraciones son una característica intrínseca de nuestro mundo cada vez más globalizado. Hasta fines de 2019, según la ONU, el número de migrantes alcanzó la cifra de 272 millones, 51 millones más que en 2010. Los migrantes internacionales comprenden un 3,5% de la población mundial, cifra que continúa en tendencia ascendente comparándola con el 2,8% de 2000 y el 2,3% de 1980.


Ambos desplazamientos tienen fuertes impactos monetarios. Mientras que el turismo supera las alicaídas tasas de crecimiento económico mundial, y explican buena parte del PBI de muchos países (y, más aún, de sus grandes ciudades), existen evidencias contundentes que vinculan a las migraciones con la estabilidad económica, sobre todo en países en vías de desarrollo. Tanto el turismo como las migraciones mejoran significativamente la posición en el país de destino, en temas como la cuenta corriente y el nivel general de ahorro, por ejemplo.


. Envejecimiento

Esta pandemia afecta especialmente a los adultos mayores. Según las Perspectivas de la Población Mundial 2019 de la ONU, 1 de cada 6 personas en el mundo será mayor de 65 años para 2050, frente a 1 de cada 11 en 2019. De hecho, el año pasado ya hubo más gente en el mundo mayor de 65 años que menor de 5 por primera vez en la historia.


Uno de los datos más contundentes en términos sociales es que las sociedades atraviesan una “revolución de la longevidad. Algunas están en sus etapas iniciales y otras, más avanzadas, pero todas pasarán por esta extraordinaria transición. En los países con mayor esperanza de vida la posibilidad de sobrevivir a la edad de 65 años aumentó de menos del 50% -como Suecia en 1890- a más de 90%.


Las personas de tercera edad representan hoy en día más de una quinta parte de la población en 17 países, y las proyecciones de la ONU para el final del siglo indican que así será en 2100 para 155 países, que abarcan una mayoría (61%) de la población mundial. Estas nuevas sociedades longevas plantean serios desafíos de estabilidad económica -y en consecuencia política- para los gobiernos.


En particular, la Europa con la que se ha ensañado el COVID-19 está envejeciendo. En 1950, sólo el 12% de la población europea tenía más de 65 años. Las bajas tasas de natalidad y el aumento de la esperanza de vida duplicaron esa proporción para la actualidad, y las proyecciones muestran que en 2050 más del 36% de la población europea tendrá más de 65 años.


. Deuda y guerra comercial

El mundo no termina de salir de la crisis financiera de 2008 ni de la guerra comercial desatada en 2018 entre las dos grandes potencias globales (EEUU y China), cuando la pandemia del COVID le impone una recesión de escalas sin precedentes y en tiempos récord, apenas unas pocas semanas en que la actividad y el comercio se frenaron de golpe. Ni en la Gran Depresión de 1930 ni el la II Guerra Mundial había ocurrido eso.


Desde 1930, las economías avanzadas y emergentes no han experimentado la combinación de un colapso del comercio mundial, la caída de los precios mundiales de los productos básicos y una recesión económica simultánea.


El COVID-19 irrumpe en un mundo muy distinto. Los grandes bancos centrales tienen menos herramientas de rescate (esta vez la banca no es el problema sino la economía real). Y los Estados se ven empujados a masivas políticas de subsidios cuando están atrapados por un endeudamiento que supera dos veces el PIB global.


Tras ocho años del aumento de deuda más grande, rápido y generalizado en casi cinco décadas, el endeudamiento de las economías emergentes y en desarrollo aumentó hasta un máximo histórico de casi 170% de su PIB en 2018. La deuda total global (pública y privada) ascendía a fines de 2019 a un récord histórico de USD 188 billones, equivalentes al 230 por ciento del PIB global.


Eso explica que el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) se hayan unido para pedir a los prestamistas bilaterales que suspendan el pago de deuda de países en desarrollo y más pobres, para facilitar liquidez y liberar recursos para afrontar la pandemia. Hace falta “una sensación global de alivio”, dijeron.


. Bajas defensas, cambio climático

La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) diagnosticó en 2019:

El mundo se enfrentará a otra pandemia de influenza, lo único que no sabemos es cuándo llegará y cuán grave será. Las defensas globales son tan efectivas como el eslabón más débil del sistema de preparación y respuesta ante emergencias sanitarias de cualquier país”.


La OMS hizo notar ya que más de 1.600 millones de personas (22% de la población mundial) vivía en lugares donde las crisis prolongadas (a través de una combinación de desafíos como la sequía, el hambre, los conflictos y el desplazamiento de la población) y los servicios de salud débiles los dejan sin acceso a la atención básica.


Nueve de cada diez personas respiran aire contaminado. La OMS considera la contaminación del aire el mayor riesgo ambiental para la salud global. Los contaminantes pueden penetrar los sistemas respiratorios y circulatorios: de hecho, ya matan a siete millones de personas prematuramente cada año.


Para rematar, el cambio climático se convirtió en “la mayor y más completa amenaza para la seguridad sanitaria mundial”, según la OMS. Los mosquitos son solo una parte del desafío, pero después del brote de zika en Brasil en 2015, “estamos especialmente preocupados por lo que viene después", sintetizó uno de sus expertos apenas meses atrás.


En ese contexto, si bien el desarrollo de antibióticos, antivirales y antimaláricos son algunos de los mayores éxitos de la medicina moderna, “el tiempo de estos medicamentos se está acabando. La resistencia a los antimicrobianos (la capacidad de las bacterias, parásitos, virus y hongos para resistir estos medicamentos) amenaza con volver al momento en que no se podían tratar fácilmente infecciones como la neumonía, la tuberculosis, la gonorrea y la salmonelosis”.


Ese panorama se completa con la falta de instalaciones adecuadas de atención primaria de salud -por falta de recursos o su inversión en programas específicos para enfermedades únicas- y, a la vez, una renuencia o rechazo a vacunarse a pesar de la disponibilidad de vacunas, sobre todo en países desarrollados.


. Virus globalizado, salud nacionalizada

La crisis del COVID-19 comenzó en China, con el resto de los países observando un fenómeno lejano y casi extraño. La respuesta fue nacional, con un confinamiento de 12 millones de personas inédito para contener el foco original de Wuhan, en febrero, pero para entonces el virus ya se estaba globalizando y hasta la OMS tardó varias semanas en declararlo “pandemia”.


El proceso político des-globalizador, fogoneado por potencias como Estados Unidos y Gran Bretaña, debilitó un sistema multilateral de por sí desdibujado pero clave en las pandemias, cuando el indiscutible valor de la soberanía política necesita reajustarse en favor del bienestar de la Humanidad, amenazado por esa y otras problemáticas que saltan todas las fronteras, empezando por el cambio climático.


Ahora, cada país ha ido reaccionando con una estrategia sanitaria propia ante la pandemia, en primer lugar con el cierre de fronteras cayendo como fichas de un dominó por todo el planeta. El latiguillo de “virus chino”, preferido por Donald J. Trump, sintetiza ese enfoque. Pero como expuso ante el G20 el presidente argentino, Alberto Fernández, ante esta crisis “nadie se salva solo”.


Recién a finales de marzo, la OMS puso en marcha un programa experimental de urgencia en diez países, entre ellos la Argentina, para probar cuanto antes la eficacia de distintas drogas ya conocidas en la lucha contra el COVID-19. Pero cada país (Holanda, España, Estados Unidos o Brasil) mantenía estrategias diferentes.


Por ello, el mundo necesita ahora, sin embargo, repensar la inversión en recursos humanos y estructuras de salud pública -un pilar del Estado de bienestar tan apreciado en el Siglo XX- si quiere darle sentido al concepto de “salud global”, acuñado con el nacimiento del multilateralismo pero aun pendiente de realización.


. La digitalización, salvavidas o más control

La actual pandemia ocurre en un mundo digitalizado como nunca, gracias a la multiplicación de dispositivos electrónicos y el acceso a Internet. En 2008 la cantidad de dispositivos móviles con conexión superó a la población mundial.


El fácil acceso a la red y la exponencial cantidad de información que por ella circula llevaron a las compañías a ofrecer sus productos y servicios, e incluso a operar, de forma virtual. Este cambio radical en la manera en la que se produce se ha denominado ubicuidad: poder ser un trabajador o usuario manera descentralizada y desde cualquier lugar con una conexión estable.


Para los gobiernos, la digitalización ha permitido una comunicación de prevención que llegue a todos. Además, el trabajo a distancia (teletrabajo) amortizará, aunque sea mínimamente, la desaceleración económica en cada país. Lo mismo ocurre en el plano pedagógico, donde el sistema educativo mundial desde las escuelas primarias hasta las universidades giró hacia la virtualidad para sostener el ciclo lectivo.


Para los médicos e investigadores, las tecnologías digitales y el Big Data y la Inteligencia Artificial (IA) son herramientas que potencia la lucha contra el COVID-19, como los casos asiáticos de China, Taiwán, Japón, Corea del Sur y Singapur han demostrado.


No obstante, peligros futuros se esconden detrás de la digitalización en masa. Mecanismos cada vez más sofisticados podrían permitir monitorear individualmente y en tiempo real la actividad de los ciudadanos. Este mayor control podría traducirse desde mayor intromisión de los empleadores a una actitud más policial del Estado en la vida diaria.


Se ha comprobado que el avance tecnológico no solo mejora la capacidad de una sociedad civil para organizarse: también los autoritarismos se adaptan a ese cambio y lo utilizan para para elucubrar formas más sofisticadas de violaciones a los derechos humanos. En el caso de las democracias consolidadas, como ha ocurrido a partir de otras crisis como el 11-S en Estados Unidos, algunas medidas contingentes pueden quedar fijas en legislación permanentemente.

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